lunes, 18 de marzo de 2019

Cómo escribir y no morir en el intento

Navegando por ese espacio virtual que llamamos Facebook, me he topado con un artículo sobre cómo escriben o escribían, ya que algunos han muerto, diferentes escritores norteamericanos. Parece ser, después de leer las líneas, que muchos de ellos muestran una tendencia a escribir por las mañanas.  Puedo decir que entre los mencionados: Susan Sontag, Murakami, Ray Bradbury, Anais Nin y Henry Miller, entre otros, mi favorito siempre ha sido Ernest Hemigway por su manía de escribir de pie.  En lo personal tiendo a escribir cuando tengo un momento para hacerlo, aunque no estaría de más el crearme una rutina como proponen algunos de los más conocidos.

Hace ya varios años tuve la oportunidad de estudiar con el estupendo novelista mexicano, Daniel Sada, y platicando sobre este tema me comentó que él se levantaba en la madrugada, alrededor de las tres o cuatro de la mañana, para poder escribir antes de comenzar su rutina laboral. Personalmente siempre me he considerado algo así como un ave nocturna, razón por la que no me imagino despertándome a esas horas. Aunque debo admitir que despierto diariamente a las 5:30 de la mañana para llegar a tiempo al trabajo.

Durante un tiempo trabajé para pagar una beca que tuve mientras estudiaba en la Sogem. El trabajo consistía en archivar revistas en la biblioteca de esta institución. Mientras ocupaba mis horas mirando revistas antiguas, en la mesa contigua me hacía compañía otro magnífico novelista: Eugenio Aguirre. Era un verdadero placer verlo trabajar, inclinado sobre la mesa, consultando diversos libros y siempre con ese aire de concentración absoluta tatuado sobre su rostro. Debo afirmar que durante el tiempo que duró mi trabajo, jamás dejó de estar a mi lado.

Los escritores noveles pensamos que la escritura es un acto de inspiración divina, aunque para los ateos como yo, probablemente no sea más que la compañía fortuita de alguna que otra musa griega. No podemos estar más equivocados. La escritura es un trabajo como cualquier otro. Se debe llevar a cabo de manera metódica y constante. Se debe escribir todos los días, aunque encontremos excusas para no hacerlo. A ratos se puede pensar que no hay nada que decir en este día, pero siempre, en el mismísimo instante en que mis manos se posan sobre las teclas de esta computadora rosa y pequeña, las palabras comienzan a surgir como por arte de magia.

No todo lo que escribo es muy bueno, tal vez a nadie le importe, pero el acto de escribir diariamente sí crea una diferencia en mi persona. Me hace más libre, me confronta, me hace más reflexiva y me ayuda a escuchar esos pensamientos que a ratos sólo nadan dentro de mi cabeza en un estado de total confusión, y finalmente, cuando termino y cierro los párrafos, me siento un poco más feliz.

Así es que no importa cómo o dónde escribas, ya sea de pie como Hemingway, en tu Volkswagen con un termo de café y mirando el paisaje como Cortázar, en la sala de tu casa como Bradbury o en una biblioteca como Eugenio Aguirre. Lo que importa es que si esa es tu vocación, si escribir es una necesidad más grande que el respirar o comer, no te detengas, síguelo haciendo, que una cosa es segura, no te vas a morir en el intento.

Lindo día…

Una reflexión en torno a Jean Paul Sarte

El paisaje desde mi ventana no cambia. A ratos la luz transforma la percepción y los colores, pero básicamente sigue siendo el mismo. Aunque si me siento un momento en el jardín, y observo con cuidado, aquello que, según yo, no cambia, fluye y se transforma en un instante. Una hormiga arrastra su almuerzo ayudada por otras, un ave con un pecho al rojo vivo acaba de posarse sobre la barda, el enorme ficus a la entrada de mi casa continúa tirando semillas en un vano intento de reproducirse, y digo vano porque la tierra es yerma y seca, y las nubes caminan y varían su forma.

    Algo similar sucede con mi vida, cuando pienso que está estática, llegan esas minúsculas variaciones y la mueven apenas unos centímetros. Alguien empuja una hoja hacia mí con la intención de alimentarme, tal vez un fuego fatuo aparezca y consuma un pensamiento, o quizá las semillas sigan cayendo en tierra estéril.

    Esta reflexión, que acompaño de un poco de ópera y un café, me remite a una idea de Jean Paul Sartre en la que opina y cito: " cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos".

    Mientras se acerca peligrosamente el día de mi cumpleaños, rememoro la cantidad de vidas que he vivido y la manera en la que los decorados se han transformado. He creado, y vivido, diferentes historias con muchas personas que entraron y salieron de mi espacio. Algunas tal vez permanezcan en este mundo virtual. Desde la fabulosa invención de las redes sociales me he reencontrado con muchas de ellas, a otras, las más, las he perdido en el camino.

  Hace un tiempo tuve la audacia de decirle a una buena amiga que extrañaba los tiempos que pasábamos juntas. Entonces ella me dijo que nuestra historia fue muy buena pero que era tiempo de que yo creara nuevas historias con nuevas personas. Y regreso a Sartre cuando opina que "todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad".

    El año pasado di una clase que titulé: casualidad vs. causalidad. Algunas cosas llegan a nuestra vida impulsadas por el destino, mientras que otras no son más que el mero reflejo de las acciones y rumbos que seleccionamos. El detalle reside en distinguir qué señales seguir y cuándo, mientras que en otros caos, los más, es mejor dejar de lamentarnos o culpar a Dios por nuestra situación y simplemente abrir la puerta, y mirar los íntimos cambios que habitan en nuestro interior para usarlos como impulso para la movilidad.

   Y aunque considero que las redes sociales son un estupendo sistema de comunicación, también son un impedimento pues nos mantienen aislados en una comunicación ficticia con los "amigos virtuales " que poseemos. Y es en esta comunicación fabricada que olvidamos el maravilloso arte del pensamiento y de la reflexión. Hace un par de semanas comencé una correspondencia con un amigo quien me dijo que la escritura de cartas no produce más que la idealización de la otra persona. Estoy en total desacuerdo.

    Llevo muchos años escribiendo diariamente y para mí, la escritura conlleva reflexión y auto conocimiento. Claro está que lo escrito debe ser sincero, a menos que entremos a terrenos de la ficción. En fin, me sigue gustando mucho la idea de leer y escribir cartas. Mucho más que los mensajes  recortados, mal escritos y llenos de emoticones que nos ofrecen las redes sociales.

   Y si Sartre dice que uno es lo que piensa y por ello existe, entonces comencemos a pensar y a retornar, a ratos, a la escritura de cartas o emails, en los cuales podamos decir al otro lo que verdaderamente pensamos, lo que nos gusta y nos molesta, lo que nos conmueve, nos lleva, nos atrae y ¿por qué no? Sólo transformar el paisaje interior del otro con un sencillo y bien escrito: te quiero.


Virgen de Guadalupe; Acrílico sobre tela


Este cuadro comenzó como algo pequeño. Una idea para colgar sobre mi cama; alguien que me protegiera y velara por mí; pero con la sugerencia de mi papá lo retrabajé y se convirtió en un cuadro de gran formato. La idea inicial estaba pintada en óleo sobre papel, el trabajo final es acrílico.
Éste es el boceto inicial. Incluso cambié el color del manto. 

Caracoles. Acrílico sobre tela.

Después de vivir durante casi 15 años en Cancún, tuve que regresar a Querétaro por razones personales. Uno de mis recuerdos de todos esos...